Hay días en los que no estás lejos de Dios, pero sí demasiado ocupado para escucharlo. Cumples, respondes, produces, sirves y resuelves. Nadie nota que tu alma está funcionando sin descanso, pero sin dirección.
El problema no siempre es el pecado visible. A veces es la prisa que convierte la presencia de Dios en una tarea pendiente. Corremos para no sentir, llenamos la agenda para no confrontar el vacío y llamamos responsabilidad a aquello que también puede ser una forma elegante de huir.
Dios no te llamó a vivir agotado para demostrar que eres fiel. Te llamó a permanecer. Puedes hacer muchas cosas para Él y, aun así, dejar de hacerlas con Él.
Cuando el corazón pierde el silencio, comienza a confundir actividad con obediencia. Detente antes de que el ruido decida por ti. Vuelve al lugar donde no tienes que impresionar a nadie. Allí Dios no te pide resultados: te pide el corazón entero.
La dirección que estás buscando quizá no llegará mientras sigues corriendo. Tal vez empieza cuando vuelves a quedarte quieto delante de Él.



