Un hombre calculó cuántos sábados le quedaban de vida.
Compró dos recipientes de plástico. Puso 416 canicas en uno. Cada sábado, transfería una canica al otro lado.
Al principio, las canicas caían y rodaban ruidosamente sobre el fondo vacío. Después, el sonido fue desapareciendo. Silencio. El recipiente que se llenaba no hacía ruido porque ya estaba lleno. El que se vaciaba tampoco, porque ya casi no quedaba nada.
Así es la vida.
No te avisa cuando se acelera. No te manda una señal cuando ya quedan pocas canicas. Simplemente, un sábado, ya no hay ninguna que transferir.
La pregunta no es si esto te va a pasar. La pregunta es: ¿qué estás haciendo con las canicas que te quedan?
"Enséñanos a contar nuestros días, de tal manera que traigamos al corazón sabiduría."
(Salmos 90:12, RVA-2015)
Esa es la oración de Moisés. No la pidió un joven que recién empieza. La pidió un hombre que había visto morir a una generación entera en el desierto. Que había sepultado sueños y personas. Que sabía, con todo el peso de la experiencia, que los días se van sin permiso.
Y aun así, o quizás por eso mismo, pidió sabiduría para contarlos.
La Vida Tiene la Costumbre de Pasar
Moisés no endulzó las cosas en el Salmo 90.
Escribió con la honestidad de quien ha visto mucho y ya no tiene tiempo para rodeos:
"Los días de nuestra vida son setenta años; y en los más robustos, ochenta años. La mayor parte de ellos es duro trabajo y vanidad; pronto pasan, y volamos."
(Salmos 90:10, RVA-2015)
Setenta años. Ochenta si eres bendecido.
Y de esos años, gran parte es esfuerzo, cansancio, aflicción. No te lo digo para deprimirte. Te lo digo porque la Escritura lo dice, y porque una vida bien vivida comienza con ver la realidad tal como es, no como quisiéramos que fuera.
Moisés usa varias imágenes para describir la brevedad de la vida. Cada una golpea diferente:
- Como hierba que brota en la mañana y al atardecer ya está marchita.
- Como un sueño que desaparece al despertar.
- Como un suspiro, apenas susurrado, que ya se fue antes de que termines de escucharlo.
- Como neblina, que aparece un momento y luego se desvanece.
Santiago lo repite siglos después:
"Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece."
(Santiago 4:14, RVR-60)
Neblina.
No piedra. No acero. No madera.
Neblina.
El Error del Rico Necio
Jesús contó la historia de un hombre que tenía todo resuelto.
Sus tierras produjeron tanto que ya no tenía dónde guardar la cosecha. Su problema no era la escasez, sino el exceso. Y en lugar de preguntarle a Dios qué hacer con esa abundancia, se habló a sí mismo:
"Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate."
(Lucas 12:18-19, RVR-60)
¿Cuál fue su pecado? No era rico. Ser rico no es un pecado.
Su pecado fue que calculó el futuro sin incluir a Dios en el cálculo. Habló de "mis frutos", "mis bienes", "mi alma", "mis graneros". Todo era suyo. Todo giraba alrededor de él. Y en ese mundo construido a su medida, no había espacio para la eternidad.
Esa misma noche, Dios le pidió el alma.
Lo que había acumulado quedó para otros. Y él quedó sin nada.
"Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios."
(Lucas 12:21, RVR-60)
Hay dos tipos de riqueza. La que se queda aquí cuando te vas. Y la que te acompaña cuando partes.
El necio acumuló del primer tipo y descuidó el segundo.
Pero la Misericordia No Tiene Fecha de Vencimiento
Podría quedarme en la brevedad, en el polvo, en la neblina. Pero Moisés no se quedó ahí.
En medio del mismo salmo que habla de lo corta que es la vida, hay un giro que lo cambia todo:
"Pero la misericordia del Señor es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen."
(Salmos 103:17, RVA-2015)
La vida del hombre es como la hierba. Florece y perece.
Pero la misericordia de Dios no tiene esa limitación.
Mientras todo lo humano tiene fecha de vencimiento —la salud, el dinero, los graneros, los planes—, la misericordia de Dios no caduca. No se marchita al atardecer. No desaparece con el viento.
El tiempo se acaba. Dios no.
Y esa es la ancla.
Lo Que Significa Contar los Días
Volvamos a la oración de Moisés: "Enséñanos a contar nuestros días."
Contar los días no es vivir obsesionado con la muerte. No es ansiedad disfrazada de espiritualidad.
Contar los días es vivir con propósito consciente. Es preguntarte cada mañana: ¿Estoy siendo rico para con Dios hoy? ¿Estoy transfiriendo canicas a lo eterno, o solo a lo temporal?
Hay lecciones que la vida me ha ido enseñando:
- Que Dios siempre tiene la razón. Siempre, aunque no lo parezca.
- Que el mejor camino es la senda de la humildad y del servicio.
- Que el dolor, con el tiempo, se convierte en maestro.
- Que los valles, los desiertos y los problemas no son interrupciones del plan de Dios —son parte del plan.
- Que mientras más deseo ser usado por Dios, más tiene Él que trabajar en mí primero.
Estas cosas no se aprenden en un salón de clases.
Se aprenden en la vida. En los diagnósticos que llegan sin aviso. En las pérdidas que no pediste. En los silencios de Dios que, al final, resultaron ser sus respuestas más profundas.
Una Canica a la Vez
No sé cuántas canicas te quedan.
Yo tampoco sé cuántas me quedan a mí.
Pero sé esto: cada día que Dios nos da es una oportunidad de ser ricos para con Él. De invertir en lo que no se marchita. De amar a las personas que puso en nuestra vida. De servir con lo que tenemos mientras todavía lo tenemos.
La hierba florece. Y sí, se seca.
Pero mientras florece, puede dar sombra, puede dar color, puede apuntar hacia algo más grande que ella misma.
Esa es la vida que Moisés pidió saber vivir.
Esa es la vida que el rico necio nunca encontró.
Esa es la vida que Dios, en su misericordia, todavía nos está ofreciendo hoy.
No desperdicies las canicas que te quedan.
"Enséñanos a contar nuestros días, de tal manera que traigamos al corazón sabiduría."
(Salmos 90:12, RVA-2015)
Haz de esta oración la tuya hoy. Pídele a Dios que te enseñe a vivir con los ojos puestos en la eternidad, sin perder de vista el momento presente. Que cada día cuente. Que cada relación importe. Que cuando llegue tu último sábado, hayas sido —de verdad— rico para con Dios.
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